viernes, 10 de junio de 2016

Alfonso Grosso


 Su obra se enmarca dentro de la línea del realismo social, en consonancia con su actitud crítica frente al régimen franquista, que le había llevado a militar en el Partido Comunista desde 1955.

Alfonso Grosso Ramos, (Sevilla, 1928 - Valencina de Concepción, 1995) Novelista y cuentista español. Su familia, de procedencia italiana por línea paterna y de ascendencia campesina por parte de madre, pertenecía a la pequeña burguesía acomodada de Sevilla, y estaba relacionada con los círculos culturales y del poder de la ciudad. Cursó la educación primaria en la escuela de los Hermanos Maristas, y la secundaria primero en los jesuitas, para continuarla luego, a causa de la ruina de su padre, en el Instituto San Isidoro.

En la universidad, estudió Filosofía y Letras durante dos años, aunque finalmente acabó obteniendo el título de profesor mercantil en la Escuela de Comercio, en 1950. Ese mismo año aprobó la oposición al cuerpo del Instituto Nacional de Previsión, que abandonaría en 1962 a raíz de su traslado forzoso a Barcelona el año anterior al ser detenido por intervenir en una campaña proamnistía. En años posteriores, realizó algunos trabajos editoriales (por ejemplo, como asesor literario de Planeta) y desde 1968 hasta 1973 fue redactor en una agencia de publicidad.

Por lo que a su obra literaria se refiere, es un miembro más de la "generación del medio siglo" y, por tanto, en una primera etapa su obra se enmarca dentro de la línea del realismo social, en consonancia con su actitud crítica frente al régimen franquista, que le había llevado a militar en el Partido Comunista desde 1955. Fue en esta época, a finales de los años cincuenta, cuando se acercó a los círculos intelectuales madrileños, pues su trabajo de narrativa breve no encontraba lugar en las revistas literarias andaluzas, dedicadas principalmente a la poesía.

Su primera novela fue La zanja (1961), descripción realista de una jornada en un pequeño pueblo andaluz. En Un cielo difícilmente azul (1961) cultivó la misma técnica objetivista para seguir el viaje de dos camioneros por tierras de Cáceres, y consiguió dar forma a un crudo drama rural en el que los instintos individuales y los prejuicios sociales crean una atmósfera primitiva y sofocante. A continuación publicó Testa de copo (1963), El capirote (1964) y Los días iluminados (1965), libros en los que mantuvo una actitud de denuncia y el estilo directo propio de su primera época.

En El capirote cuenta la historia de un jornalero, Juan Rodríguez López, segador temporero de arroz, que es encerrado en la cárcel acusado de un delito que no ha cometido, el robo de una medalla de la Virgen del Rocío. Cuando aparece, es liberado. Finalmente, se integra en una cuadrilla de costaleros para ganar algo de dinero, como ocurría cuando los hombres de las trabajaderas aún eran profesionales y no hermanos. El costalero, enfermo de tuberculosis, muere bajo el paso de un Crucificado. La novela apareció publicada en 1964 en México, por la editorial Mortiz, ya que la censura no autorizó su edición en España. Finalmente se publicó en España por Seix Barral en 1974

Publicó además tres libros de viajes: Por el río abajo (1960), Hacia Morella (1961) y A poniente desde el Estrecho (1962), realizados en colaboración con Armando López Salinas, José Agustín Goytisolo y Manuel Barrios, respectivamente.

En 1960 inicia un viaje por Europa, y navegó por el Atlántico Sur (1961), y en 1962 llegó a Suecia, invitado por Ingmar Bergman, y fijó su residencia en Estocolmo. Desde allí continuó sus viajes por diversas ciudades europeas, como Praga, Berlín, París o Roma, donde trabajó algún tiempo con Rafael Alberti y María Teresa León. En 1966 realizó un viaje a Cuba para formar parte del Jurado del Premio Nacional de Literatura. En 1967 fijó su residencia en Madrid tras su regreso de Cuba.

A partir de mediados de la década de los sesenta su trayectoria literaria experimentó cambios importantes: abandonó el realismo social y buscó transmitir su planteamiento crítico utilizando fórmulas narrativas de mayor complejidad. Así se pone de manifiesto en Inés just coming (1968), novela en la que ofrece una visión sociológica de la revolución cubana a través de tres personajes que tratan de evadirse por medio del sexo mientras la isla se encuentra en estado de alerta por la inminente llegada de un ciclón. El empleo del monólogo interior y otros recursos de mayor calado experimental se unen a su capacidad de evocar ambientes de un modo sugestivo y fluido. Las mismas tendencias aparecen en Guarnición de silla (1970), retrato de una familia de bodegueros jerezanos, y en Florido mayo (1973), con la que obtuvo el premio Alfaguara.

Ya en la década de los setenta regresó a una línea menos experimental con libros como La buena muerte, de 1976, Los invitados, de 1978, El correo de Estambul (1980), Otoño indio (1983) y El aborto de María (1985), entre otros.

Los últimos años de la vida de Alfonso Grosso no fueron más que un borrón, confuso y triste. Internado, durante cinco años en el centro hospitalario andaluz conocido como San José de los locos, después de una serie de graves depresiones y algún intento de suicidio. Grosso sufría el mal de Alzheimer, que concluyó con una progresiva pérdida de la memoria, falleció en abril de 1995, a los 67 años en su modesta residencia de la localidad hispalense de Valencina de Concepción, tras un infarto de miocardio.

Florido Mayo, es la crónica de una familia con posibles venida a menos, narrada por el autor sin orden temporal lógico, con un estilo difícil y barroco, en el que el subjetivismo de Grosso hace una crónica de una época a través del apogeo y ocaso de una familia, su familia,  donde no importa quien vivió el drama de amores no realizados,  ruinas  económicas o viajes piadosos... son todos familiares del narrador, son como un mismo ser por el que Grosso siente  atracción y  rechazo  ya que es el origen de sus propias filias y sus fobias.

Es también una novela sobre  la obsesión por la mujer en particular por la madre del autor, Estrella, y por el amor de su juventud, Delia, que se va transmutando en otras mujeres a lo largo de anécdotas, muchas acaecidas en el extranjero, que el autor va relatando en combinación con la crónica familiar.

Finalmente, Florido Mayo es también la descripción de la Ciudad Fluvial, ciudad "aristocraticista" como Grosso la califica, con su provincianismo rancio y lleno de liturgias, plasmado sin acritud a través de la caída de los Gentile,  familia importante, que no burguesa, de eso no hay en Andalucía. Ciudad Fluvial que el autor tampoco puede rechazar del todo debido a  sus encantos evidentes, a los que canta con un lirismo fuera de toda afectación y localismo, convirtiéndola en ciudad universal.

sábado, 16 de abril de 2016

Rafael de León


 Rafael de León pertenece por derecho propio a la denominada "Generación del 27" de los poetas españoles, aunque un incomprensible olvido ha hecho que nunca figure en esa nómina

Rafael de León y Arias de Saavedra, VIII marqués del Valle de la Reina, VII marqués del Moscoso y IX conde de Gómara (Sevilla, 1.908 – Madrid, 1.982), escritor y poeta de la Generación del 27, y autor de numerosas letras de copla.

De noble cuna, a los pocos días de su nacimiento, en la calle San Pedro Mártir, fue bautizado en la parroquia de la Magdalena. En 1.916 ingresó en el internado del colegio jesuita San Luis Gonzaga del Puerto de Santa María (Cádiz), donde coincidió con un joven Rafael Alberti. También estudió en otros colegios privados de órdenes religiosas, como en el Palo de Málaga o en Utrera (Sevilla).

En 1.926 inició la carrera de Derecho en la Universidad de Granada. Allí conoció a Federico García Lorca, con quien entabló una buena amistad. Terminados sus estudios se dedicó a frecuentar los cafés cantantes y teatros de variedades de Sevilla, y en estos medios que se desenvuelve vive un ambiente liberal, colaborando con el letrista Antonio García Padilla, conocido por el “Kola”, padre de la actriz y cantante Carmen Sevilla, y de esta relación artística surgieron algunas canciones conocidas.

En 1.932, Rafael de León se traslada a Madrid bajo la influencia del gran músico sevillano Manuel Quiroga, que en unión del autor teatral Antonio Quintero, formaron el famoso trío Quintero, León y Quiroga, que llegaron a registrar más de cinco mil canciones.

Al estallar la Guerra Civil española, Rafael de León se encontraba en Barcelona; en esta ciudad es encarcelado como a otros tantos de la farándula, toreros o cantantes, acusado de monárquico por parte de las autoridades republicanas. En la cárcel, quizás para demostrar sus simpatías por la causa republicana o para confirmar su neutralidad, declaró tener una buena amistad con destacados poetas republicanos, como León Felipe, Federico García Lorca y Antonio Machado.

Durante los años cuarenta y cincuenta la copla adquiere una gran popularidad. Fueron dos décadas que el público acogió con gran entusiasmo este género musical, apareciendo en el firmamento artístico grandes estrellas de la canción que interpretaron magistralmente las coplas compuestas por grandes maestros.

Rael de León, junto a su musa Concha Piquer y los maestros Quintero y Quiroga
Pero, a partir de los años sesenta, comenzó en España cierto aperturismo cultural y muchos jóvenes comenzaron a despreciar, con injusticia, el conocido estilo de la copla y de la canción andaluza que tan bien habían representado Quintero, León y Quiroga.

Rafael de León pertenece por derecho propio a la denominada "Generación del 27" de los poetas españoles, aunque un incomprensible olvido ha hecho que nunca figure en esa nómina.

De ningún poeta español del siglo XX han sido tan recitadas sus poesías y tan cantadas las letras de sus canciones. La obra poética de Rafael de León queda dividida en esos dos grandes apartados: poesía propiamente dicha y letras para canciones. En casi toda su obra, inspirada en ambientes muy típicos de Andalucía, queda reflejado el gracejo popular andaluz.

Su primer libro de poesías, “Pena y alegría del amor”, apareció publicado en 1.941. Un segundo libro titulado “Jardín de papel” es editado en 1.943.

Con Quintero y Quiroga produjo grandes e inolvidables canciones, como “Ay pena, penita, pena”, “La niña de fuego”, “La Lirio”, ”La Salvaora”, “Limosna de amores”, “Romance de Juan Osuna”, “Y sin embargo te quiero” y un largo etcétera.

En colaboración con Salvador Valverde escribió las populares “Ay, Maricruz”, “María de la O”, “Triniá” y la inolvidable “Ojos verdes”. También colaboró con el poeta Xandro Valerio en las letras de las reconocidas coplas “Tatuaje” y “La Parrala”.

Hacia el final de su dilatada carrera como letrista, escribió para los cantantes Nino Bravo, Raphael, Rocío Jurado, Rocío Dúrcal o Isabel Pantoja. Canciones escritas por Rafael de León fueron presentadas en el Festival de la Canción de Benidorm, obteniendo el primer premio en la tercera edición (año 1.961) la canción titulada “Enamorada”, con música de Augusto Algueró. Además, el premio a la mejor letra se lo llevó la canción “Quisiera”, escrita también por él.

El 9 de diciembre de 1.982 murió en el más cruel olvido, sin haberse llevado en vida la satisfacción de un merecido homenaje de reconocimiento a toda su importante obra.

De ningún poeta español de este siglo que acaba, han sido tan recitadas sus poesías y tan cantadas las letras de sus canciones, pero incomprensiblemente sigue siendo el gran ausente al hacer recuentos dentro del ámbito de la cultura popular española de posguerra. La obra poética de Rafael de León, queda dividida en esos dos grandes apartados: poesías propiamente dichas, y letras para canciones. En muchos casos unas y otras tienen un inconfundible parentesco por derivar, alimentarse o inspirarse las unas de las otras, o viceversa.

jueves, 3 de marzo de 2016

Juan de Mesa


 Juan de Mesa está considerado como uno de los representantes más importantes del realismo sevillano.

Juan de Mesa y Velasco nació en 1583 en Córdoba. Fue uno de los escultores más relevantes del barroco andaluz.

En el año 1606 se traslada a Sevilla, e ingresa en junio en el taller del afamado imaginero Juan Martínez Montañés, donde realiza o completa su formación, firmando un contrato de formación por cuatro años el 7 de noviembre de 1607 (en el que se declaraba huérfano)[1], y de quien se convertiría en su yerno al contraer matrimonio en 1613 con su hija María de Flores.

Se estableció en su propio taller en 1615 que monta en la collación de San Martín. En la metrópolis hispalense crea lo mejor de su valiosa producción artística

Pertenece a la primera generación de discípulos de Martínez Montañés. Ingresó en su taller de Sevilla a los veintitrés años, llegando, incluso, a superar al maestro. Quizás ésta sea la causa por la que su nombre permaneció durante tres siglos oculto a la historia y sus obras hayan sido atribuidas a Martínez Montañés.

En la actualidad, Juan de Mesa está considerado como uno de los representantes más importantes del realismo sevillano. Se dedicó casi en exclusividad a las imágenes procesionales, realizando numerosos estudios anatómicos de figuras humanas reales, vivas y muertas, para luego plasmarlas en sus obras con gran realismo. Ésta fue su gran aportación.

Su producción se sitúa dentro de la estética barroca. Sus desnudos revelan un gran conocimiento de la anatomía humana, los rostros de sus figuras reflejan una intensa vida interior y los ropajes de sus personajes crean intensos contrastes de luz.

Destaca la serie de crucificados que realizó a partir de los modelos de Montañés. En ellos refleja distintos momentos de la Crucifixión, donde expresa con gran dramatismo el proceso y la muerte de Jesús. En algunas ocasiones Jesús aparece vivo, en otras, muerto. Suele representarlos con tres clavos y de un tamaño mayor que el natural. Capta a la perfección la anatomía del cuerpo, pudiéndose apreciar la tensión de los músculos, los tendones y las venas y la expresividad del rostro. Sobresalen el Cristo del Amor y el Cristo de la buena muerte (1620) como ejemplos de la representación de Cristo muerto, mientras que los de la Conversión del Buen Ladrón (1619) y el Cristo de la agonía (1622) lo muestran aún vivo.

Cristo de la Buena Muerte

Es una escultura en madera policromada. Presenta un estudio realista de la anatomía y transmite dulzura y suavidad. Aparece sin la característica corona de espinas de los crucificados de Mesa.

Jesús del Gran Poder

Es una de sus obras más conocidas. Fue realizado en 1620 para la cofradía del Traspaso de Sevilla. La talla muestra la influencia del Jesús de la Pasión de Montañés, pero Mesa ofrece una versión de mayor dramatismo y expresividad, conseguida gracias a las huellas del sufrimiento del rostro y de la curvatura de la espalda.

Elaboró imágenes de Yacentes, como la del Santo Entierro sevillano y la que forma grupo con la Virgen de las Angustias de Córdoba, en las que se centra en transmitir el dolor de la Madre.

También esculpió imágenes de la Virgen, con y sin el Niño, como La Inmaculada Carmelitana del convento de las Teresas de Sevilla, la Virgen del Hospital de Antezana de Alcalá de Henares y la Virgen de las Cuevas. Entre los temas de santos destacan el San José con el Niño de Fuentes de Andalucía, San Juan Bautista, San Ramón Nonnato o los santos jesuitas del Puerto de Santa María.

Juan de Mesa falleció muy joven, a la edad de cuarenta y cuatro años, a causa de una tuberculosis, por lo que su carrera artística, de estilo elegante, realista y lleno de expresividad, quedó interrumpido

Juan de Mesa se inicia como imaginero en 1615 con la escultura de San José con el Niño, obra concertada con fray Alonso de la Concepción para realizar en blanco -sin estofar ni encarnar-, pues su policromía corresponde a una actuación posterior del siglo XVIII, para la Iglesia de Santa María la Blanca (Fuentes de Andalucía).

Después de algunas obras menores, comienza y se consolida su etapa más importante como gran imaginero, que va de 1618 a 1623.

La serie se inicia con el Cristo del Amor, el primero de un total de diez crucificados que llegó a realizar; fue iniciado en mayo de 1618 y terminado en junio de 1620. Es una imagen de 1,81 m. de alto realizada para la Hermandad del mismo nombre que radica en la iglesia del Salvador de Sevilla. Se contrató haciendo constar en escritura notarial que la haría "Por mi persona sin que en ella pueda entrar oficial alguno…".

Del año 1618 es el retablo del altar mayor del Hospital de San Bernardo, denominado popularmente De los Viejos, hoy desaparecido; y del año siguiente la imagen del Cristo del Buen Ladrón de la Cofradía de la Conversión del Buen Ladrón, más conocida como Monserrat, de la capilla homónima, también de Sevilla, obra de cierto barroquismo con el que comienza sus creaciones de carácter realista. Con 1,92 m. de altura, en este Cristo se aparta de la obra de su maestro Martínez Montañés, aumentando aquí el claroscuro y acentuando una mayor fuerza pasional.

De 1620 es el Cristo de la Buena Muerte, creado para una Hermandad de Sacerdotes ubicada en la Casa Profesa de la Compañía de Jesús en la iglesia de la Anunciación y que actualmente es titular de la Hermandad de los Estudiantes, que radica en la capilla de la Universidad de Sevilla, sita en la calle San Fernando.

En ese mismo año, 1620, Mesa realiza una de sus obras más conocida, el Jesús del Gran Poder, una imagen de Jesús con la cruz a cuestas, para la sevillana Hermandad del Gran Poder, hoy convertido en símbolo de la ciudad. Obra de un marcado barroquismo, consigue reflejar las secuelas del sufrimiento humano en un rostro que aparece como envejecido por los daños soportados. También realizó sobre misma fecha la imagen del San Juan Evangelista para la misma Hermandad; ambas imágenes de vestir se veneran en la Basílica del Gran Poder, junto a la iglesia de San Lorenzo.

Otra de sus obras más significativas se encuentra en La Rambla (Córdoba), conocida como Jesús El Nazareno (1622). Se trata de una talla de 1,92 m., donde se representa a Jesús con la cruz a cuestas, a punto de caer. Es una escultura exenta con una perfección técnica muy notoria. Desde su llegada a La Rambla en el año 1622 permanece en la iglesia del Espíritu Santo.

En 1622 recibió el encargo del bergarés Juan Pérez de Irazábal, contador del rey, para esculpir un crucificado, la obra del Santo Cristo de la Agonía, que se conserva en la iglesia parroquial de San Pedro de Ariznoa en Vergara (Guipúzcoa), que constituye según el profesor Hernández Díaz, una de las obras más destacadas del escultor.

En 1623 realiza el Cristo de la Clemencia para el convento de Santa Isabel en Sevilla y también, por encargo del canónigo Diego de Fontiveros, otro crucificado conocido como Cristo de la Misericordia, destinado a la Colegiata de Osuna.

En 1624 realiza un Cristo crucificado para la Compañía de Jesús, que se encuentra en la iglesia de San Pedro de Lima, así como otro Crucificado para la hermandad de Vera Cruz de Las Cabezas de San Juan, considerado en principio talla anónima; se sabe de su autor gracias a un pergamino guardado en un pequeño cofre a la espalda de la imagen.

De sus últimos años (hacia 1626-1627) es el San Ramón Nonnato que realizara para el convento de la Merced Descalza de Sevilla, conservado actualmente en el Museo de Bellas Artes de la ciudad. Y ya del año mismo de su muerte, 1627, es el grupo que realizó para la iglesia de san Agustín de Córdoba, conocido como Virgen de las Angustias.

Otras obras de Juan de Mesa, algunas de ellas atribuidas, son:

    - Cristo Yacente de la Hermandad del Santo Entierro, que se venera en la iglesia de San Gregorio de Sevilla.
    - Virgen del Valle de la hermandad del mismo nombre que reside en la iglesia de la Anunciación de Sevilla.
    - Virgen de la Victoria, cotitular de la Hermandad de las Cigarreras de Sevilla.
    - Cristo de la Veracruz, en Las Cabezas de San Juan, Sevilla. Esta imagen se venera en la iglesia de San Juan Bautista.
    - Cristo crucificado, en el presbiterio de la Catedral de la Almudena, Madrid. Proviene de la Colegiata de san Isidro de la misma ciudad.
    - San Nicolás de Tolentino en penitencia. Museo Nacional de Escultura, Valladolid.
    - Nuestra Señora de las Angustias Coronada. Obra datada y firmada,contratada por el padre provincial de los padres agustinos fray Pedro Suárez de Góngora. Cobrada a cuenta 500 reales sobre el precio de tasación final, le quedaban tres días de trabajo, como escribió en su testamento, y quedó inconclusa a su muerte.

Muchas de sus esculturas fueron atribuidas durante mucho tiempo a su maestro, Martínez Montañés. El trabajo de Juan de Mesa parece dedicado casi en exclusividad a las imágenes que procesionan en Semana Santa. El realismo de su obra responde a un proceso en el que hizo estudios y observaciones de figuras humanas reales vivas y muertas, que le permitieron aprender a plasmar estas anatomías en sus obras de forma realista, con una sensibilidad que le acerca a la imaginería castellana, más dada al dramatismo.

Sus imágenes de santos, como el San Juan procedente de la Cartuja de las Cuevas (1624) o el San Ramón de los Mercedarios de Señor San José (1626), ambos en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, mantienen personales características a lo largo de su carrera. Y ello a pesar de que ésta no se produce mediante un recorrido lineal y uniforme, sino dividida en ciclos de febril actividad separados por periodos de silencio, como muy bien observó Hernández Díaz. Algunos atribuyen las fases de inactividad a crisis repetidas de una enfermedad crónica que le atenazó hasta desembocar en una muerte relativamente temprana.

El realismo es la otra gran aportación de la estética de Juan de Mesa. El padre Ceballos lo ha destacado con agudeza al comentar las figuras de los santos jesuitas Diego Kisai, Juan de Goto y Pablo Miki, procedentes de la Casa Profesa. Realizadas en 1627 para celebrar la beatificación de estos mártires japoneses, Mesa se inspiró en personas reales, consiguiendo tres espléndidos retratos, especialmente el del último.

lunes, 1 de febrero de 2016

Valeriano Bécquer



 Tan solo dos meses después moriría Gustavo Adolfo identificándose en ellos, para la posteridad, la imagen más estereotipada del lado adverso de la bohemia romántica.

Valeriano Domínguez Bécquer (Sevilla, 1.833 – Madrid, 1.870). Era hijo del pintor costumbrista José Domínguez Bécquer, sobrino del también pintor Joaquín Domínguez Bécquer y hermano del insigne poeta Gustavo Adolfo Bécquer. Pronto queda huérfano, criándose junto a su hermano Gustavo Adolfo al amparo de sus tíos maternos y guiado en el arte de la pintura por su tío Joaquín, también pintor de costumbres y profesor en la Escuela de Bellas Artes sevillana. Permanece en el taller de su tío hasta el año 1853, subsistiendo posteriormente a duras penas con la realización de retratos y la venta de pequeños cuadros de tema de género.

Después de un matrimonio fallido con Winnefred Coghan, hija de un marinero irlandés, que le dejará dos hijos a su cargo, se instala definitivamente en Madrid en 1862 en la residencia de su hermano, que desde hacía años vivía en la capital, quien le abrió las puertas de los ambientes artísticos de la capital del Reino. Se hizo amigo del pintor Casado del Alisal, de cuya mano entraría a formar parte de los reducidos círculos artísticos madrileños y bajo cuya protección consiguió realizar los primeros trabajos en la capital.

La estancia en el monasterio de Veruela, en 1864, velando la convalecencia de su hermano e influenciado por las leyendas del lugar y la imaginación fraterna, le induce a pintar algunos temas fantásticos que compagina con la pintura de costumbres populares tomadas in situ.

Pensionado en 1865 por el Ministerio de Fomento recorre las tierras de Soria, Aragón, Navarra y el País Vasco, para estudiar los tipos, trajes y costumbres españolas, realizando escenas de verdadero encanto captadas en la inmediatez, de aldea en aldea, que conformarán lo más selecto y prestigioso de su producción, con obras como “El baile”, “Fiesta popular del Moncayo”, “Aldeana del valle del Amblés” o “Costumbres españolas de la provincia de Soria”.

Al advenimiento de la nueva situación política, en 1868, le queda restringida su pensión que era la única base de su economía, subsistiendo a partir de aquí y hasta el final de su vida gracias a colaboraciones periodísticas como dibujante y como escritor en El Museo Universal, El Arte en España y La Ilustración Española y Americana.

También cultivó la pintura de retrato, sobresaliendo como ejemplo emblemático del género romántico el que pintó de su hermano Gustavo Adolfo (Museo de Bellas Artes de Sevilla), obra que sirvió de modelo para realizar el busto del conjunto que homenajea al poeta en la Glorieta de Bécquer en el Parque de María Luisa de Sevilla, de Coullaut Varela. También se usó este retrato en los billetes de 100 pesetas utilizados en la segunda mitad del siglo XX. Su depurado estilo, su rico dibujo lleno de detalles preciosistas y su alta calidad pictórica, hicieron que algunos críticos comparasen a Valeriano con los pintores flamencos.

En enero de 1870 comienza con su hermano su ilusionada colaboración como dibujante en La Ilustración de Madrid, empresa en la que le sorprendió la muerte, víctima de una afección de hígado, el 23 de septiembre de ese mismo año, recibiendo sus restos sepultura en la madrileña Sacramental de San Lorenzo.

Tan solo dos meses después moriría Gustavo Adolfo identificándose en ellos, para la posteridad, la imagen más estereotipada del lado adverso de la bohemia romántica.

Procedentes de estas campañas divulgativas de las costumbres populares de la geografía peninsular, el Museo del Prado posee obras con escenas tomadas en Ávila, en el valle de Amblés, en El Burgo de Osma, en Soria y en el valle que circunda al Moncayo en Aragón. También guarda ejemplos de la retratística más convencional del pintor.

Juan Luis Contreras

domingo, 20 de diciembre de 2015

Alejandro Sawa


 “Jamás hombre más nacido para el placer, fue al dolor más derecho”.

Alejandro Sawa Martínez, nació en Sevilla el 15 de marzo de 1862 en la calle San Pedro Mártir número 26, una calle singularmente literaria, ya que en ella nacieron tres escritores: el propio Sawa, Manuel Machado y Rafael de León. Falleció en Madrid en 1.909.

Escritor y periodista bohemio, Sawa nació en el seno de una familia de comerciantes de origen griego, que importaban vinos y productos ultramarinos de toda clase procedentes de Esmirna.

Siendo joven sintió una profunda vocación religiosa, ingresando en el seminario de Málaga, aunque más tarde sus primitivas convicciones se fueron transformando en anticlericales.

Muy pronto demuestra inquietudes literarias, pues con tan solo 15 años de edad funda una fugaz publicación, “Ecos de Juventud”, que era una revista semanal de Literatura, Ciencias y Arte.

En 1.877 se trasladó a Granada para estudiar Derecho, marchando a Madrid en 1.885 con la ilusión de abrirse camino en los ámbitos periodísticos y donde comenzó a vivir en una situación de pobreza y bohemia, a pesar de haber recibido el apoyo de algunas figuras del mundillo literario madrileño, como Pedro Antonio de Alarcón, Ramón de Campoamor y José Zorrilla.

En 1.889 viaja a París atraído por la rutilante vida artística de la ciudad francesa. Trabajó para la editorial Garnier, editando un diccionario enciclopédico. Tradujo a los hermanos Goncourt y en este periodo tuvo ocasión de entablar amistad con los principales literatos franceses del “Parnasianismo” y del “Simbolismo”, aunque Alejandro era un entusiasta lector de las obras románticas de Víctor Hugo.

Vivió entonces la etapa más feliz de su existencia. Se casó con una francesa, Jeanne Poirier, y de este matrimonio tuvieron una hija llamada Helena Rosa en 1.892, que significó para él una experiencia sentimental tan profunda que le hizo brotar hondos sentimientos de ternura.

Desgraciadamente, en esos días aparecen sus primeros problemas de salud y dificultades económicas, que se ven aumentadas cuando se lanza a la arriesgada aventura de tentar la suerte en los casinos, quedando aún más endeudado y, al final, totalmente arruinado.

En 1.896 regresó a España gracias a la ayuda de su hermano Miguel, trabajando intensamente en el periodismo. En Madrid fue redactor de El Motín, El Globo y La Correspondencia de España, y colaboró en ABC, Madrid Cómico, Alma Española, España y otros periódicos, al mismo tiempo que desarrollaba una fecunda labor literaria.

No obstante, Sawa continúa haciendo en Madrid su vida bohemia de siempre, frecuentando las tertulias de Valle – Inclán en el Café Madrid con su variopinta gente de teatro y mujeres de dudosa reputación, o se reúne en el Café Universal con Antonio Machado.

Su salud cada día se resiente más y su economía es ruinosa, viéndose obligado a vender sus muebles y sus libros después de haber perdido algunos objetos de valor en una casa de empeños.

La influencia naturalista de Zola, que había empezado a influir en España, dominó sus novelas, entre las que habría que destacar La mujer de todo el mundo (1.885), Crimen Legal (1.886), Declaración de un vencido (1.887), Noche (1.889), La sima de Iguzquiza 1.888), Un criadero de curas (1.888) y su obra cumbre, Iluminaciones en la sombra, que presenta un tinte modernista, publicada después de su muerte y que fue prologada por Rubén Darío, el amigo infiel que lo traicionó, aprovechándose de su desesperada situación económica, utilizándolo como “negro” y firmando unos artículos para el diario La Nación de Buenos Aires, publicados en 1.905 y que el nicaragüense nunca le abonó.

Sawa abordó en sus novelas problemas sociales, como la independencia de la mujer, la libertad sexual, el aborto, el matrimonio civil, el clero y hasta la locura.

El derrumbamiento físico y moral de Sawa fue progresivo. En 1.906 pierde la vista, sin que se sepa exactamente el motivo, llegando a escribir: “Yo no hubiera querido nacer; pero me es insoportable morir”.

Falleció ciego y con la razón trastornada, hundido en la miseria en su humilde casa de la calle del Conde Duque número 7 de Madrid, donde se puede leer una placa en la fachada que dice: “Al rey de los bohemios, Alejandro Sawa, a quien Valle – Inclán retrató en los espejos cóncavos de “Luces de Bohemia” como Max Estrella, que murió el 3 de marzo de 1.909, en el guardillón con ventano angosto de este caserío del Madrid, absurdo, brillante y hambriento”.

Leopoldo de Trazegnies, el poeta peruano residente en Sevilla, dice sobre él:

“Al escritor le suele temblar el pulso o equivocar la tecla por temor a crear un personaje más inteligente o más sensible que él. Un personaje así creado acarrearía la negación de su Creador, sería Hera pariendo a Cronos. Es lo que le ocurrió a Cervantes que se convirtió en un personaje secundario de su propia novela. A Alejandro Sawa le ocurrió algo aún peor: se convirtió en el personaje extravagante de una novela de otro.

En la ficción, lo sensato es crear espíritus pródigos con mayor carga humana que los reales. Valle-Inclán tuvo la suerte de que le ocurriera lo contrario: se encontró con un organismo real de una humanidad sin límites en los ambientes nocturnos de Madrid y le resultó fácil modelarlo como un espíritu esperpéntico. Sawa se hallaba de vuelta de su bohemia parisina, era un ser que aún llevaba una borrasca de alcohol en el estómago, un globo desinflado en los pulmones, un sexo pertinaz, unos ojos crepusculares de poeta desengañado y un irónico acento francés con el que relataba el beso que le diera Víctor Hugo, leyenda muy de la época bohemia que seguramente lanzó el propio Sawa pero que a la postre terminó molestándole. Era un epicúreo urbano, de vitalidad menguada, pero que había logrado lo más difícil para un bohemio: transmutar los añicos de sus ilusiones en estrellas. El escritor gallego de las luengas barbas aprovechó tan rico material biológico para convertirlo en el Max Estrella de su Luces de Bohemia.

Los personajes literarios nos sugieren sentimientos, los personajes reales los sufren. Las anécdotas de la bohemia nos pueden hasta divertir y cuanto mayor sea el desprendimiento del bohemio por lo material mayor será nuestro placer en la lectura, pero eso tiene un elevado coste en soledad, pobreza, angustia y dolor. Lo sabía Sawa, pero parecía no importarle.

Alejandro Sawa había venido al mundo a la búsqueda de la felicidad sin más equipaje que la literatura, pero la existencia lo fue arrinconando, despojándolo, dejándolo sobrevivir sólo entre sus textos, acompañado por las sombras de una mujer y una hija que no llegaron nunca a plasmar su amor en los actos más cotidianos de una familia. Porque Sawa no dejó nunca de vivir de forma extraordinaria”.

Manuel Machado le dedicó el siguiente epitafio: “Jamás hombre más nacido para el placer, fue al dolor más derecho”.

Alejandro Sawa fue un hombre con talento, pero sin suerte. Sus restos fueron depositados en una tumba de alquiler y luego trasladados a una fosa común por falta de pago.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Julia Uceda


  

El 22 de octubre de 1925 nace en Sevilla Julia Uceda Valiente. Su padre era médico y su abuelo farmacéutico, Julia se recuerda de pie sobre el mostrador de su farmacia, en la calle Laraña y casi frente a la Confitería La Campana en Sevilla, en cuya Universidad se licenció en Filosofía y Letras, ejerció la enseñanza durante algunos años y obtuvo, además, el Doctorado con una tesis sobre el poeta montañés José Luis Hidalgo, uno de los creadores más destacados del existencialismo de posguerra. En 1999 la Sociedad de Cultura Valle-Inclán de Ferrol le publica Los muertos y evolución del tema de la muerte en la poesía de José Luis Hidalgo.

Pero pronto sintió la necesidad de marcharse, “de salir, de ir hacia otra parte, como un autoexilio, pues nadie me obligaba, salir era un instinto para mí” —asegura en una entrevista— y, después de opositar a cátedra de instituto, abandona el país rumbo a Estados Unidos en 1965. Antes de marchar, recuerda como había caído en sus manos un libro de poemas de Ramón J. Sender, como profesora y poeta quiso hacerle una crítica que fue aceptada en Ínsula, entonces dirigida por José Luis Cano, pero no encontraba bibliografía alguna. Al comentar esto con un profesor, aún recuerda con indignación su respuesta: “¡Ah, sí!, fue un delincuente, la República lo propuso para el Nobel”. La reseña, “Las imágenes migratorias”, apareció en Ínsula en febrero de 1962: Julia Uceda fue la primera que en suelo español habló de la poesía de Ramón J. Sender. Su autoexilio estaba decidido.

Entre 1965 y 1973 ejerce como catedrática de Literatura española en la Michigan State University. En Estados Unidos “me sentí necesaria en mi trabajo y esto es algo muy importante” —declara—, conoce personalmente a Ramón J. Sender y a esa otra España de cuyos nombres su generación no sabía nada. Después de una breve estancia en nuestro país, lo abandona nuevamente para residir en Irlanda hasta 1976, año en el que vuelve definitivamente. Desde entonces vive en Galicia, en su casa de campo cercana al Ferrol.

Julia Uceda, que confiesa que empezó muy pequeña a escribir, publicó su primer libro en 1959: Mariposa en cenizas desatada aparecía ese año en la colección de poesía andaluza que el grupo Alcaraván creara en los 50 en Arcos de la Frontera. En el poema que da título al libro recrea un verso de las Soledades donde Góngora retoma el tópico petrarquista de la mariposa enamorada que se suicida en el fuego y que, más allá de la literatura española de los Siglos de Oro, los críticos descubren en autores como García Lorca, Dostoievsky, Lewis Carroll o la misma Uceda.

En 1962 con Extraña juventud consigue un accésit del Adonais. Siguen los poemarios Sin mucha esperanza (1966), Poemas de Cherry Lane (1968), Campanas en Sansueña (1977), Viejas voces secretas de la noche (1981) y Del camino de humo (1994), todos ellos incorporados a En el viento, hacia el mar, con el que fue reconocida con el Premio Nacional de Poesía en 2003. Era la primera vez que este premio recaía en una mujer.

Es Hija Predilecta de Andalucía. En el discurso que pronunció en 2005 en la ceremonia de nombramiento: “exilio y poesía son destinos comunes a lo largo de la historia del pueblo andaluz”, reconoce y añade: “el pueblo andaluz, aunque no haga poesía hace metáforas, hace imágenes, habla sin hablar”.

En 2006 se le concede el Premio Nacional de la Crítica por Zona desconocida. De este libro elige leernos “Aprendiendo a nadar”, que forma parte del grupo que llama De los senderos, iniciado con los recordados versos de Machado: “… y el camino que serpea / y débilmente blanquea / se enturbia y desaparece”.

No nos resistimos a transcribir sus palabras sobre el momento en que tiene lugar el acto de la creación poética: “Sucede que un poema puede convertirse en un boceto que, releído después de algún tiempo, vuelve a dejar oír su voz para revelar lo que el poeta olvidó o no supo ver en un determinado momento ya que la poesía, que procede de extraños lugares, es un acto de la memoria que no siempre permite el acceso a sus rincones perdidos”.

Su producción literaria y poética ha sido la siguiente, habiendo sido también traducida y publicada en varios idiomas como el portugués, chino, inglés y hebreo:

- Hablando con un haya (2010).
- Zona desconocida (2007).
- En el viento, hacia el mar (2003).
- Los muertos y evolución del tema de la muerte en la poesía de José Luis Hidalgo (1999).
- Del camino de humo (1994).
- Poesía (1991).
- Viejas voces secretas de la noche (1982).
- En elogio de la locura(1980). .
- Campanas en Sansueña (1977).
- Poemas de Cherry Lane (1968).
- Sin mucha esperanza (1966).
- Extraña juventud (1962).
- Mariposa en cenizas (1959).

Julia Uceda es también miembro de la Real Academia Sevillana de las Buenas Letras y de la Asociación Internacional de Hispanistas.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Maestro Quiroga


El Maestro Quiroga, al piano, con los poetas Rafael de León y Salvador Valverde
A pesar de su reconocida genialidad, Quiroga era una persona de extraordinaria humildad y de una simpatía desbordante, adobada por su gracejo sevillano.
 
Manuel López – Quiroga Miquel (Sevilla, 1.899 – Madrid, 1.988), pianista, compositor y autor de cuplé y copla, conocido como maestro Quiroga. Hijo de un buen artesano grabador en metal, estudió el grado elemental de Magisterio. Asistió a las clases de Dibujo y Pintura en el Museo de Bellas Artes de Sevilla y estudió en el Conservatorio Municipal de Sevilla piano y solfeo con Rafael González Gálvez, armonía con Luis Mariani y composición con Eduardo de Torres, maestro de capilla de la Catedral de Sevilla.

La actividad de Quiroga era cada vez más intensa; además de la música sacra que con 18 años toca en el órgano de la iglesia de los jesuitas de la calle Jesús del Gran Poder, también lo hace en los intermedios de los teatros, pone fondo musical a las películas mudas y acompaña a los cantantes en los locales de cuplés.

Tras hacer el servicio militar en Vitoria, librándose de ir a la guerra en Marruecos debido a unas fiebres, regresa a Sevilla y cobra cuatro pesetas diarias por tocar el piano en los intermedios del Teatro San Fernando. Pero su verdadera vocación era la de compositor.

En 1.923 estrena su primera obra, la zarzuela en un solo acto “Sevilla, que grande eres”, en el Teatro del Duque, le sigue “El cortijo de las matas”, “La niña de los perros” y “Presagio rojo”, su mayor éxito en estos comienzos, según la prensa local sevillana.

En 1.929 se traslada a Madrid, donde continúa tocando el piano en teatros y cabarets, mientras compone y estrena zarzuelas y canciones, pero a pesar de algunos éxitos, la música no le da para vivir lo suficiente y se ve obligado a recurrir a su oficio de grabador, troquelando imágenes de vírgenes y santos.

En 1.931 conoce a un distinguido y aristócrata sevillano llamado Rafael de León, ambos con profundas raíces andaluzas y se produce entre ellos una extraordinaria compenetración. Los inspirados romances y letras de Rafael hacen que el músico componga sus primeros grandes éxitos. La copla se va imponiendo.

En 1.933 Quiroga puede dejar definitivamente el grabado y dedicarse por completo a las canciones, dando, además, clases a otros artistas y componiendo constantemente.

Tras la Guerra Civil surgen otros letristas con los que el maestro colabora. Uno de ellos es el jerezano Antonio Quintero, que en unión de Quiroga y Rafael de León formaron un trío excepcional e inician una larga etapa de éxitos populares en el mundo de la copla, que se suceden hasta avanzados los años sesenta.

Fue una persona que nunca se olvidó de sus comienzos teatrales y realizó campañas de zarzuela en el Teatro Alcalá de Madrid, donde estrenó “La Reina fea” en el año 1.941.

Realizó innumerables giras con figuras folclóricas como Estrellita Castro, su primera musa, Juanita Reina, Concha Piquer, Rosa Morena, Imperio Argentina, y, en sus últimos años, espectáculos cómicos con Tony Leblanc.

Quiroga fue un autor muy prolífico, con más de cinco mil composiciones musicales de las más variadas modalidades, muchas de las cuales llegaron a ser muy populares en la España de los años 40 y 50. Por citar a algunas de sus canciones más famosas, es autor, en cuanto a la música de “Tatuaje”, “La Zarzamora”, “Ay, pena, penita, pena”, “La niña de puerta oscura”, “Ojos verdes”, “La Parrala”, “Pena mora”, “A la lima y al limón”, “Amante de abril y Mayo”, “Triniá”, “Coplas de Luis Candelas”, “Me embrujaste”, “Rocío”, “Francisco Alegre” o “María de la O”.




Sin embargo, la copla se va sumergiendo en una clara decadencia a finales de los años setenta y el maestro Quiroga es casi olvidado. Al final de su vida comienza a recibir homenajes y le llega el pleno reconocimiento como compositor, el más importante que ha dado la copla.

El día seis de julio de 1.972 fue nombrado Consejero de Honor de la Sociedad General de Autores de España y en 1.986 se le nombró Hijo Adoptivo de Madrid. En este mismo año la Sociedad General de Autores de España y el Ministerio de Cultura organizaron un gran homenaje en su honor, ofreciendo la Orquesta Nacional de España un concierto en el Teatro Real de Madrid interpretando 22 de sus más afamados temas y al que asistió Conchita Piquer.

A pesar de su reconocida genialidad, Quiroga era una persona de extraordinaria humildad y de una simpatía desbordante, adobada por su gracejo sevillano. Cuando se le preguntaba por la clave de sus muchos éxitos, el maestro siempre se los atribuía a sus letristas y a sus intérpretes.

Falleció en la clínica Virgen del Mar de Madrid a consecuencia de un edema pulmonar. Su muerte, acaecida en 1.988, pasó casi desapercibida y fue enterrado, con escasa asistencia, en el cementerio de la Almudena de Madrid.

Juan Luis Contreras

martes, 3 de noviembre de 2015

Emilio Lledó Íñigo


Emilio Lledó, ilustre trianero, defendió la teoría de que el pensar, siempre vehiculado mediante el lenguaje, es un modo de instalarse el hombre en el mundo.
 
La semana pasada Emilio Lledó Íñigo recibió el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, de manos de S. M. El Rey Felipe VI en Teatro Campoamor de Oviedo. Recogemos aquí la vida y la obra de este filósofo sevillano, como homenaje y reconocimiento a toda su labor.

De padres saltereños, Emilio Lledó nació en el barrio de Triana de Sevilla en 1927. Su padre era militar artillero y cuando tenía seis años se fueron a Madrid destinados al cuartel de artillería de Vicálvaro. Allí vivieron y padecieron las penalidades de la Guerra Civil.

Cursó la enseñanza secundaria en el instituto Cervantes de Madrid y se licenció en filosofía en la Universidad de Madrid en 1952, donde fue apoyado por un joven Julián Marías. De inmediato se fue a Alemania, y prosiguió sus estudios con maestros alemanes; en filosofía, Hans-Georg Gadamer sobre todo, además de Karl Löwith; Otto Regenbogen, quien le encaminó hacia la filología clásica. Pudo concluir allí su tesis doctoral al conseguirle Gadamer una beca de la "Alexander von Humboldt Stiftung".

En 1955 se incorporó a la Universidad de Madrid como ayudante de Santiago Montero Díaz. Pero regresó a Alemania, casado: Gadamer era decano de la Facultad y le comunicó que había un puesto para él en Heidelberg. Y, si bien 1958 obtuvo una cátedra de secundaria, pidió la excedencia para volver de nuevo a Alemania, donde estaría diez años en conjunto, durante esa etapa.

En 1962 regresó a España, pues finalmente se incorporó a la docencia secundaria en el Instituto Núñez de Arce en Valladolid, con su mujer, Montserrat Macau Matas, catedrática de alemán. A los dos años, en 1964, obtuvo la cátedra de Fundamentos de filosofía e Historia de los sistemas filosóficos de la Universidad de La Laguna, a donde se trasladó, lo que fue una experiencia decisiva en su vida. Poco después, en 1967, opositó a la cátedra de Historia de la Filosofía de la Universidad de Barcelona, la obtuvo y permaneció once años muy fructíferos en la capital catalana. En 1978 se trasladó a la UNED de Madrid.

En la UNED ha desarrollado una actividad notable hasta su jubilación, si bien volvió a Alemania durante un tiempo como investigador, pues en 1988 fue nombrado miembro vitalicio (fellow) del Instituto para Estudios Avanzados de Berlín ("Wissenschaftskolleg"), y se estableció allí durante tres años, ya que también estuvo en la Universidad libre de esa ciudad. Precisamente allí escribió dos de sus grandes monografías: El silencio de la escritura y El surco del tiempo.

 En 1988 fue nombrado miembro vitalicio del Instituto para Estudios Avanzados de Berlín, ciudad en la que recibió el Premio Alexander Von Humboldt del gobierno de Alemania. Elegido miembro de la Real Academia Española de la Lengua el 11 de noviembre de 1993, tomó posesión el 27 de noviembre de 1994, ocupando el sillón ele minúscula. En 2004 se le otorgó el XVIII Premio Internacional Menéndez Pelayo. En 2007 le fue concedido el II Premio Fernando Lázaro Carreter creado por la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. En 2008, la Junta de Andalucía le concedió uno de los Premios Cultura, el María Zambrano, por "su papel en la recuperación de la filosofía griega y el helenismo en España, así como su contribución al desarrollo de la hermenéutica en el panorama de la filosofía española contemporánea".

El 18 de noviembre de 2014, fue galardonado con el Premio Nacional de las Letras, que concede el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte en reconocimiento a toda la obra literaria de un autor español. El 20 de mayo de 2015, el filósofo sevillano se convirtió en el nuevo Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.

Emilio Lledó centró sus intereses filosóficos en el problema del lenguaje, entendido como el exclusivo vehículo que lleva al hombre al filosofar. Trató de plantear la metodología de una semántica filosófica a partir de investigaciones lingüísticas y filológicas, buscando justificar la abstracción del pensamiento a partir de los condicionantes materiales en que se produce el pensar humano.

Lledó defendió la teoría de que el pensar, siempre vehiculado mediante el lenguaje, es un modo de instalarse el hombre en el mundo.

Sus investigaciones apuntaron últimamente al planteamiento de una pregunta crucial: "¿para qué la filosofía?". Si aún ha de existir discurso filosófico hoy, éste debe ceñirse a las voces de la historia presente, atendiendo preferentemente a los problemas del lenguaje, del comportamiento individual y social, a la crítica de nuestras concepciones del mundo, y al uso que deba darse al saber. Lledó es autor de numerosos artículos publicados en las más prestigiosas revistas filosóficas españolas e internacionales. Entre sus libros cabe citar: El concepto de Poíesis en la filosofía griega (1961); Filosofía y lenguaje, de 1970; La filosofía hoy (1975); Lenguaje e Historia (1978); El Epicureísmo (1984); La memoria del Logos (1984); El silencio de la escritura (1991); El surco del tiempo (1992), y Días y libros (1994), entre otros.

Para entender algo más la figura de Emilio Lledó y su pensamiento recogemos algunas de sus declaraciones al mundo de la comunicación. Así su opinión respecto al libro el la Revista de Filosofía

Para mí, los libros significan la memoria. Yo creo que los seres humanos somos fundamentalmente memoria y lenguaje. Si no tuviéramos memoria, no sabríamos quiénes somos. Por eso, siempre he defendido la tesis de que debemos tener memoria, no solo individual sino también colectiva.

O sobre el aprendizaje y la enseñanza, con el recuerdo de su maestro de primaria en Vicálvaro:

Antes lo he dicho en otro contexto: uno no puede ser más que su propia memoria. Creo que esta es una de las experiencias más hermosas de mi vida, y me parece que es un homenaje que debo rendir a don Francisco, que fue un maestro que yo tuve en Vicálvaro, en Madrid. Los niños de mi clase tendríamos ocho, nueve o diez años, y aquel maestro nos enseñó la libertad, y nos la enseñó de una manera muy concreta. Después de leer una página de El Quijote nos decía: “sugerencias de la lectura”. Eso me pareció tan interesante que no lo he olvidado. La imagen de aquel joven maestro en una escuela pública. Yo creo decididamente en la enseñanza pública, en una enseñanza en la que no sea el dinero el que cambie las perspectivas o los tipos de enseñanza.

Porque también creo una hermosa frase kantiana, que “el ser humano es lo que la educación hace de él”. Somos, nos formamos, nos deformamos y nos transformamos por medio de la educación. Por lo tanto, el mimo a las instituciones donde esa educación es posible tiene que ser una característica decisiva de cualquier gobierno y de cualquier política. Y ya que he pronunciado la palabra política diré que la política es esencial en la cultura, y también los políticos. La política es, según decía un texto clásico, “lo más arquitectónico, lo más interesante de la vida social”, porque organiza, armoniza y orienta los distintos deseos e ideas de los seres humanos, a los que esos políticos tienen que facilitar la existencia (y no la de ellos).

En fin, hemos intentado acercar a los sevillanos la figura de este paisano ilustrísimo, que si bien cuenta con el reconocimiento oficial, entendemos que nuestra labor está en acercarlo al ciudadano medio, para que lo conozca mejor y pueda apreciarlo, y valorarlo en su justo termino, sintiéndose orgulloso de él.